Sueño dentro de un caleidoscopio (I)  

Posted by Manuel Fernando Velasco

Cuando abrió los ojos, la niña –tan parecida a mí, que bien podría ser yo– distinguió a lo lejos el cadencioso sonido, ya habitual. Esperó un momento para acostumbrar su vista a la leve oscuridad –el brillo de la luna se adivinaba tras las cortinas amarillas–, retiró la sábana, se calzó las sandalias y buscó la pequeña sala. En solitario, la mecedora se movía con la pesadez necesaria de alguien mayor sentado en ella. Y aunque no se veía a nadie, la niña sabía que su abuelo, como otras tantas veces, había llegado de visita. Lejos de asustarse, la niña sonrió y apoyó su pequeña cabeza en la esquina de la pared que le servía de resguardo. Aunque nunca lo llegó a conocer, había visto tres fotos blanco y negro de su abuelo y podía ver cómo aquel hombre de bigote espeso y cejas pobladas conversaba interminablemente con la mamá de su papá en un tiempo lejano en el que ella aún no era. Pese a que su abuela dormía con placidez en la habitación contigua, ella sabía –simplemente lo sabía con certeza absoluta– que aquella era la manera que ellos habían hallado para encontrarse con tranquilidad y así, lejos de incrédulos asombros, su abuela podía descansar sus años en las ramas del abuelo.

Un día de junio la mecedora detuvo su compás. La joven –con un olor de identidad tan parecido al mío, que bien podría ser yo– conoció el dolor y abarcó sin desearlo la profundidad de la palabra ‘ausencia’. Once noches después, se despertó en medio del silencio. Se sentó al borde de la cama y suspiró. Después de un rato –ni ella misma sabría precisar si habían transcurrido varias horas o apenas dos minutos–, caminó descalza hasta la sala. La silla de madera, inmóvil, parecía tomar parte de otro universo. Lágrimas. El tiempo se detiene pero avanza, aunque de otra manera. Suspira. Aguarda un momento. Duda. Espera de nuevo. Luego, se acerca. Se sienta y se impulsa suavemente. La armonía acompasada, uniforme, la tranquiliza. Detrás de ella, dos ángeles viejos susurran una canción de cuna. El sueño la estrecha entre sus brazos. Cierra sus ojos. A la mañana siguiente, despertará en su cama, a eso de las diez. Lo recordará todo, hasta el mínimo detalle, y cuando llegue el día –ella lo sabrá– se lo contará a su hija. La pequeña doblará con delicadeza el recuerdo y lo guardará en su querida cajita de cartón junto con dos aritos, una pluma, un botón azul, cinco piedritas de distintos colores, un recorte de tela amarilla y una hoja seca que un día se enredó en su largo cabello, regalo de una rama de un frondoso árbol que el viento agitó.

This entry was posted on martes, 23 de diciembre de 2008 at 12:14 . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

0 comentarios

Publicar un comentario